Fotos de Los Cuentos de Beedle el Bardo disponibles!
Gracias a Pato, con su fansite RedFlu, ya estan “al aire” algunas fotos de Los Cuentos de Beedle el Bardo, el libro que aparece en Harry Potter and the Deathly Hallows, publicado por Salamandra. Aca las imagenes:


Los Cuentos de Beedle el Bardo contienen cinco cuentos de hadas muy diferentes, cada uno con su propio carácter mágicoque deleitarán al lector con su humor y la emocion del peligro de muerte.
Muggles y magos por igual disfrutarán de los comentarios añadidos al final de cada relato, escritos por el Profesor Dumbledore, que cavila en ellos sobre las enseñanzas que dejan los cuentos, revelando al mismo tiempo placas de información sobre la visa en Hogwarts.
Con ilustraciones realizadas por su autora, J. K. Rowling, este libro único y mágico perdurará como un pequeño tesoro en los años venideros
El jueves sale a la venta, y, no se ustedes, yo voy a comprarlo.
El Reloj
Cuando la arena acabara de caer, cuando el último grano se diluyera con los otros, todo terminaría. Las paredes caerían, y ese niño y esa niña con cara de adultos quedarían sepultados por los escombros. La multitud rodeaba la habitación, extrañamente enfocados en el centro de ella, como si estuvieran viendo realmente lo que pasaba.
“Tal vez es cierto, tal vez ellos son los de la leyenda”, pensaba uno, mirando fijamente un punto indeterminado de lo que era esa cumbre de roca.
-No creo en esas falacias- declaró un indeciso, y un instante después se vio arrepentido, porque encontró piedra donde antes vacío.
Como sea, crean ustedes o no, el tiempo seguia corriendo, irónicamente amenazando con no correr más, y las dos criaturas, y las llamo así por esa fisonomía extraña que tenían, ese semblante decidido, y esos ojos, capaces de arrancar una lágrima hasta a un peñasco, seguian impasibles. Parecían sucios de pronto, de pronto no. Increíblemente no se movían, pero había un funcionamiento constante y misterioso, que no hacia vacilar a nadie que su corazón latía. Y habían venido de la nada, justo cuando el gigantesco reloj de arena estaba por acabar.
De pronto, el que se asemejaba a un niño habló. Nadie escuchó una palabra, excepto el otro individuo que todavía permanecía callado. Pero, si alguien hubiera escuchado no habría entendido ningún sonido. No hablaban en ningún idioma, pero sin embargo hablaban. La gente lo sabía.
Poco a poco el público fue disminuyendo, tal vez porque nadie quería ver el final de la situación, o tal vez porque estaban tán expectantes que en algun punto el mito no les cupo en su mente, y dejaron de creer.
Veintidós, veintiuno, la gente desaparecia. Ya no veían nada, culpa de su falta de fé.
-¿Fé en qué?- otro disconforme- Estos… niños no pueden salvarnos.
Un instante despues, el mismo hombre daba media vuelta sin poder creer lo que evidentemente existía. Cegados, se fueron uno por uno. La arena caía.
De pronto, la hembra se movió. Tocó las runas que yacían en el monumento y recitó algo. Luego tomó su cuchillo del improvisado cinturón en su cadera, y se cortó un dedo. Los pocos que aún quedaron vomitaron, pero el ser no mostró signo alguno de dolor.
—————–
Adentro, el tiempo pasaba más rapido. El sacrificio vital ya se había realizado, pero no pasaba nada.
Ashket, ta suk mon na hire!
Tike hut avar lat moksa arim!
Ahsket, ta suk ken ta parsa!
Akratus se movió hacia su hermana, le vendó el muñón y susurró
-Je ashtik, nok ùnda parsa marg- hizo una pausa y añadió -. Katray… avar na pars ashket.
Katray replicó, con gesto desesperado
-Ashtik ad mas parsa! Ûk kadnhi!
-Kadnhi à ashtik, ta kadnhi Katray?
Una lágrima corrió por la mejilla derecha de Katray. Akratus se volvió, dictó algo a las paredes, que se cerraron al público, ya inexistente.
Tenía que pasar, los dos los sabían. Desde el principio, sabían que llegarían al fin. El universo se terminaba, las gotas doradas caían.
Se resquebrajó la tierra alrededor. Era el final. Los dos hermanos lloraron. No estaban tristes, habían completado su tarea. Se tomaron de las manos, y dijeron al unísono:
Avare, Katray â Akratus ohrate noz kohl
No se oyó la explosión, nadie existia para ver el aura que los cubrio, pero bajé igualmente. Les dí mi bendición, “Katray, Akratus, ûn koshi ne, Avar”, y los llevé conmigo.
El volador
Podía volar. Salió así, exento de preocupaciones, flotando, yendo de aquí para allá, ignorante del mundo. Después de salir de ese encierro, ese huevo en el que estaba atrapado, y nadar un rato, se dio cuenta que podía salir. Y salió. Y se dio cuenta de que podía volar.
En todos los sentidos. Su entusiasmo parecía apagarse cuando daba un traspié en el aire, pero remontaba, viendo todo con los ojos desorbitados, desde allí arriba. Ignoraba lo que estaba haciendo, en realidad. Era instintivo, sus músculos se lo pedían. Aunque él si quería, sí. Esa sensación de libertad era demasiado placentera para ser cierta. Tal vez, no era real, tal vez todavía estaba allí abajo, soñando todo. Pero no, no podía pasar eso, no podía creer eso. Seguía con vida, eso era algo. Pero ya empezaba a dar miedo el aire.
No, no tenía miedo, eran los nervios del primer vuelo. Hacia abajo, todo verde, hacia arriba, todo azul. Era inmensamente gigantesco el mundo, desde ahí. Pero debía aterrizar. No podía bajar justo debajo porque el enorme bosque que había no lo iba a dejar volver a volar. Además, no sabía que fieras acechaban esa jungla. Decidió sobrevolar los alrededores, para ver si encontraba algún terreno llano. Pero no encontró nada.
Horas de viaje, por diferentes lugares, y al fin, encontró una planicie, desértica, pero enorme… Se preguntó que era eso, que tanto lo atraía, y aterrizó. De pronto, e instintivamente otra vez, sintió que había líquido debajo de ese liso terreno. Escarbo un poco y pudo saciarse completamente con lo que encontró, pero de improviso escucho algo muy fuerte, y todo sucumbió, y se movió. Debía escapar, o sería su fin. Entonces volvió a volar, con pesadez, mientras veía pasar a su lado gigantescas masas desconocidas que lo hubieran matado si lo chocaban.
Se alejó rápidamente, consciente de que si permanecía unos segundos más cerca de ese lugar, moriría. Estaba aterrado. Quería volver al agua pero sabía que no podía, que se ahogaría. Era el único lugar seguro…
Siguió volando, y de pronto se encontró con un obstáculo gigantesco, del mismo material del que estaban hechas esas cosas que casi lo atrapan. Sintió que volvía al agua por un momento, pero no. Era una lluvia muy volátil, y asquerosa. Sintió que su cuerpo se quemaba, y que estaba otra vez en peligro, con ese líquido ácido y oloroso. Salió zumbando de allí.
Exhausto, bajó a ese inmenso bosque, con esos gigantescos palos verdes enormes, y allí quedó. Su primer día de vida en el exterior, y posiblemente el último.
Pobre. Era un mosquito sin suerte.
El Origen
Nada exhalaba esa nada infinita. Infinita, pero sin existir. Una paradoja de una paradoja, algo inexplicable, pero real al fin. ¿O irreal? ¿No había nada, o allí estaba todo escondido, esperando a salir? Una explicación para la inmortalidad, sería eso. Esa incongruencia, sin ningún adyacente, no podía ser más que inmortal.
Hasta que, en ese momento glorioso, de la invisibilidad de lo inexistente surgió una chispa. Una luz, en medio de la negrura de nunca acabar. ¿Podía ser cierto? No había nada para comprobarlo.
Creció, creció, creció. Diferentes colores tenía, ya no era un simple destello. Reflejábase en la formación esa gran Nada, indiferente a lo que pasaba. Pero ya se movía, ya se desperezaba en un intento de expandirse. Se achicaba, se dilataba, no volvía a ser lo mismo nunca.
Volvía sobre sus pasos, no podía ir muy lejos. Se generaba, se destruía, se inmortalizaba ante los ojos de nadie. Se abrió más.
De pronto, otra chispa a su lado. No podía dejar de incluirla en su ente. La atrajo hacia sí, absorbiendo su luz. Y una partícula más, y seguía creciendo. Quería abarcar todo, absolutamente todo. Se guardaba para sí las cosas, en un espacio cada vez más ocupado.
Se cerró de pronto, se contrajo, por ningún motivo aparente. Y encontró otro elemento. Uno más, de los millones de millones que había incluido a su objeto. Uno más, que habría de desatar la gran catástrofe. Pero no hay mal que por bien no venga.
Lo tomó, y lo diluyó en sí. Y entonces ocurrió. Se desataron los ligamentos, todo salio disparado hacia los lados. La Gran Explosión había comenzado. Y la Nada se convirtió en Todo. Y se juntaron las cosas, y seguían expandiéndose. Y el Todo se formó. Y todo surgió.
Y aquí estamos. Inconscientes de lo que pasó alguna vez, hace mucho tiempo. Sólo hay que pensar en no destruir, ahora, lo que una destrucción masiva pudo crear hace millones de años.
El Séptimo Duque
Solo. En una cueva oscura que parecía abandonada desde el período en el que la naturaleza no había brindado todavía un gran coeficiente a la raza humana. A la merced de arañas, murciélagos fantasmagóricos, esperando un milagro inesperado, algo que cambie. Cabía la posibilidad de lluvia, pero el agua no entraría a la cueva. Y él no se atrevía a salir. No con ellos al acecho.
Estaba ahí desde hace un par de días. Enfermo, casi podríamos decir moribundo, alimentándose de lo poco que había allí, bichos y hojas secas. Afortunadamente la sombra del enorme risco que se cernía peligroso a unos metros de la entrada ocultaba su presencia, pero tenía que vivir a tientas. Famélico, hurgó en un rincón algo que fuera jugoso. Un escarabajo cayó en sus manos, y trato instintivamente de escapar antes de ser devorado con avidez infrahumana por aquel hombre tan extraño.
De pronto salió el sol y unos rayos entraron en la caverna. Era extraño, porque una neblina se había propagado por todo el lugar, y no había nunca dado muestras de que iba a ceder. Además, ¿qué luz podría haber sorteado esa roca tan grande? Pero él no se percató de eso.
Los hilos dorados se colaron por las pupilas del fugitivo, cegándolo instantáneamente. Un brillo de esperanza cubrió sus ojos y un rubor corrió por su cuerpo. Rápidamente se levantó, mirando a su alrededor, a lo que había sido su último hogar. El extraño vestía unos harapos que solían ser un atuendo color esmeralda, pero que con el tiempo y el uso constante habíanse transformado en un género gris con tonalidades verdosas. Su cara no podía estar peor. Su fisonomía indicaba que vivía en la miseria, con su barba de tres meses, polvo por todos lados y una expresión de tristeza inconsolable. Sus piernas temblaban por el frío, y sus pies, negros como el carbón, no tenían sensibilidad. Pero de pronto pareció extraer algo de fuerza que tenía guardada, porque corrió imprudente hacia la puerta de la cueva. Quería mirar el exterior, sentir el viento. Se sentía a salvo.
Desde que los Insurrectos de la Muerte, como él y muchos otros la llamaban, había descubierto lo que sabía lo estaban persiguiendo. Ya había perdido la cuenta de cuantas noches tuvo que dormir solo y con frío, y cuantos días tuvo que caminar sin descanso hasta encontrar un refugio que no puedan alcanzar esos bárbaros. Pero siempre estaba en peligro. No solo él, sino todos los que conocían el Secreto. El mundo estaba en crisis, y se había derrumbado lentamente durante cincuenta años. Y ahora los perseguían a todos. Nadie sabía de lo que eran capaces, hasta que les tocaba padecer sus torturas. Los Siete Duques eran los que estaban más enterados. Nadie hubiera imaginado, a menos que lo conociera muy bien, que el hombre que ahora estaba en esa refugio tan precario y ruin había sido uno de ellos el que alguna vez había recibido esa invitación a concurrir a la revelación del Secreto, mientras descansaba a la vera de una chimenea, bajo el techo de un castillo.
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