Peón

28 Julio, 2011 · Archivado en Cosas de mi autorí­a, Cuento, Literatura · 2 Comentario 

El siguiente es un relato rescatado de los anales de mi disco duro, con fecha del 25 de mayo de 2009.

¿Hacia donde voy? ¿Qué quiero?

Hacia adelante. Y no quiero mucho, solo sobrevivir. Aunque el sentido de esta guerra esté perdido, yo debo seguir caminando. Es la voluntad del Maestro, del Reino. Este sentido innato de querer vivir se impregna en nosotros cuando marchamos, ese puro deseo de poder esquivar los obstáculos que nos toca encontrar, aunque seamos meras intenciones, marionetas, de un poder mayor.

Supongo que no debo saber de qué se trata. El juego se estropearía de esa forma. Solo me queda esperar a que todo lo que hacemos sea por un bien mayor. Es cierto, me estremezco al imaginar que estoy del lado incorrecto, pero luego reflexiono, ¿cuál es la diferencia entre nosotros y el enemigo? Es blanco, o negro. No hay grises en esta batalla. No se puede opinar, al menos yo y mis pares no podemos, limitados por el poder de la Dama y los cuasi corruptos Caballeros. Aunque ellos son más piadosos. Pero no se trata de los líderes, se trata del inicio. Se trata del miedo.

¿Cuándo inició esta lucha eterna entre un bando y otro? ¿No se puede simplemente detener? Curiosamente, casi siempre es uno de mis pares el que inicia el ataque.

Si alguien supiera lo que pienso, estaría expulsado del terreno en un santiamén. Pero ellos no pueden evitarlo, no pueden evitar que razone, que yo tenga mi filosofía. Ni siquiera los Vigías, en sus Torres. No, ellos no piensan mucho, supongo. Se limitan a acatar órdenes, tal como yo. Entonces, ¿por qué tienen más jerarquía?, me pregunto. Tampoco mis compañeros, meros peones, hasta lo que yo sé, piensan bastante. ¿Seré el único en este mundo con remordimientos? No me importa. Estoy aquí, eso es verdad, y ellos también.

Cuando los líderes quieren abarcar con todo su poder a todo el mundo, éste se acaba. Lo sé por propia experiencia. Si alguien sabe de esto, es el Rey -que el Gran Maestro lo tenga en su gloria-, con su fútil mandato, al lado de la Dictadora. Ella. Me da escalofríos mencionarla. Pero su voluntad mueve montañas. Los Obispos, doctos por naturaleza, no encuentran argumentos para condenarla. En algunas ocasiones, parece que Ella está en todo lugar. El miedo nos recorre cuando la vemos pasar, en una marcha mortífera. Pero luego, claro, hay que defenderla a toda costa. A veces, incluso, exponiendo al Señor.

El miedo. Ella da miedo. Ella es el miedo. Pero ¿qué seríamos nosotros sin miedo? Nada. Un sentimiento que se pasa por alto, es el único que tenemos. El amor y la felicidad tienen poco espacio en nosotros. En mí. Yo solo quiero sobrevivir. Podemos. Si fuéramos juntos, todos, la derrocaríamos. Pero el miedo nos detiene. Nuestra sola capacidad de vivir con miedo es lo que la hace a ella más fuerte. No podemos volver atrás.

Tal vez habría que insubordinarse para conocer su verdadero poder. Habría que conspirar. Deberíamos.

Pero no podemos, por el Miedo. En mayúsculas. Tengo respeto ahora por ello. Significa más de lo que creemos. Teniendo miedo podemos conocer las cosas que nos dan tranquilidad, como una Torre cerca nuestro, esperando para atacar. Las cosas que no dan miedo son las cosas que, tal vez, nos alivian, nos hacen felices. El contraste nos tranquiliza.

Y debo retractarme ahora. Dije que solo teníamos miedo, ahora no estoy seguro de eso. Tengo rencor, tengo momentos de alivio, de felicidad. Sonreiría si pudiera.

Natación [Cuento corto]

11 Febrero, 2011 · Archivado en Cosas de mi autorí­a, Cuento, Literatura · 2 Comentario 

Este se lo dedico a Isa Luini porque es grosa y porque… porque bueno, es Isa

La vio nadando, en realidad. Así que en un primer momento mucho no se dio cuenta de lo que estaba viendo, hasta que frenó en el borde para tomar un cacho de aire antes de empezar de vuelta.

En realidad, la había visto antes, en ese corto período de tiempo entre las 14:58 y las 15:01, que era más o menos el momento en que llegaba a la pileta los martes y jueves -ese par de días que siempre vienen juntos cuando se hace regularmente algo- ponía sus cosas en la reposera que encontraba, porque había gente en el natatorio ese a las tres de la tarde. Y ella se estaba yendo a esa hora, probablemente porque ya eran las tres y tenía algo que hacer.

Cuando digo la había visto, igualmente, estoy tomando el verbo en el sentido literal: ondas luminosas con diferente longitud de onda, formando colores, se habían reflejado en su retina formando una imagen que se había transferido al cerebro, que, a su vez, la había interpretado, como nada importante. La había visto, no la había mirado.

Ese día tuvo la peculiaridad de estar corrido unos minutos. Era un tipo rutinario, y se levantaba a las 8:30 con la puntualidad de un gallo. O cinco minutos más tarde, después de haber luchado con la siempre presente fiaca de cualquier persona que se levantara a esa hora de la mañana sin importar a qué hora se hubiera ido a dormir la noche anterior. Por eso se sorprendió ese martes que se levantó a las 8:20. Y no te digo que hacía absolutamente todo con una precisión horaria robótica, pero interpretó como una señal cósmica –medio en chiste, medio en serio–,  y decidió atrasar un poco los horarios.

Como era un martes, entonces, le tocaba ir a nadar, a las tres. Dos y media, entonces. Hoy, dos y media, porque el tiempo le daba.  No podía todavía saber demasiado lo que esa decisión iba a querer decir, pero bueno, suponía que algo distinto iba a haber. Tenía razón.

Y llegó dos y media no más. Y a las 2:33 estaba nadando el primer largo. Y la vio ahí, nadando.  Nadaba con parsimonia, con esa parsimonia que uno sólo ve en esas películas que muestran las princesas y emperatrices entrando en las fiestas reales. También se asemejaba en esas películas en el hecho de que cuando entra una de esas damas con esa elegancia que las caracteriza, el efecto que los editores ponen es una especie de aura blanca alrededor, que deja en segundo plano a las escaleras por las que baja y a los trescientos ojos que se vuelven a mirarla. Por eso cuando la vio por primera vez en serio, medio de reojo, mientras estiraba un poco para empezar a nadar en serio, se quedó sin aire.

Era un tipo metódico y lógico, por eso al principio le molestó, porque no lo entendía. La sensación duró media milésima. Entendió por primera vez que querían decir todos esos dichos de las mariposas y las pelotudeces esas, y las canciones. Todo tenía sentido.

– “Dios existe. Tiene que existir, de otra manera, cómo, en el nombre de todo lo que existe, ¿cómo, pregunto, pueden haberse ordenado células de forma tan perfecta como lo que tengo en frente de mis ojos?”

No podía seguir mirando, así que siguió nadando, y frenando cada vez que terminaba el largo, descansando. Eso las primeras cinco piletas, hasta que se dio cuenta de que si seguía así tenía dos posibles resultados –porque acostumbraba a crear una historia y un mundo a partir de una cosa tan insignificante como esa—.

Posibilidad a, ve que la estoy mirando. En ese caso quedo como un acosador de mierda, o un fracasado que no tiene nada mejor que hacer que mirarla. Le voy a dar miedo y no va a volver más. No puedo dejar que eso pase. Y la posibilidad b, que se dé cuenta que paro cada una pileta y piense que soy un fracasado que tiene que parar a tomar aire cada veinticinco metros porque no me dá, en cuyo caso tengo menos chances que las actuales, que de todas maneras rozan y tienden a cero.

Ninguna de las dos posibilidades era aceptable, así que en ese momento hizo cuatro piletas más a toda velocidad antes de parar nuevamente, esta vez realmente un poco agitado. Pero el reloj que tenía en la pulsera hizo el pitido de cambio de hora, y se dio cuenta que ella estaba yéndose. Fue la primera vez que le vio el cuerpo, que no era un diez pero no bajaba de ocho. Pero él no puntuaba una cosa tan superficial como el cuerpo, no, así que ese dato no hace mucho a la historia.

¡Pero claro! Mierda, obvio que se va a las tres, la debo haber visto antes irse. Sí, seguramente. Raro que no la haya notado antes, pero la debo haber visto. ¿Y ahora qué hago? ¿Salgo de acá? ¿Me la choco en la salida? No, no, sería desesperado… ¡mierda! Es linda, mierda, qué linda es.

No tenía mucho sentido seguir pensando porque ya se había ido, así que nado media hora más y se fue. No se la podía sacar de la cabeza, y sabía que si no hacía algo se iba a arrepentir toda la vida. Obsesionado como estaba, reestructuró toda su semana para poder ir a nadar una hora antes todos los martes y los jueves. Los martes sabía que estaba, los jueves todavía no sabía, pero valía la pena probar.

Sí, está ahí. La puta madre, que linda que es. Vamos carajo. ¿Me acerco? Me acerco. No, no, no. Mierda. No funciona así esto. No

No se animó ese jueves. Siguió nadando, frenando a intervalos y mirando con una especie de adoración, la adoración media enfermiza que le puede dar a alguien enamorado de alguien con el que nunca cruzó palabra.

Unas semanas con más o menos las mismas preocupaciones en la cabeza, que sí, que no.  Después se hizo más difícil. Encontraba la sombrillita lo más cerca que podía a la suya. Iba despreocupado por el exterior, por supuesto, ni una mirada de reojo cuando sabía que cabía la posibilidad de ser notado, no.

¿Y ahora qué hago? Siempre podría acercarme y decirle ‘Hola’. ¿Cuál sería el inconveniente?

Y se lo imaginó así:

Posibilidad 1

-Hola- decía él.

-Hola- respondía ella, con su pelo rubio mojado recogido hacia la derecha, con una delicadeza que hubiera sido imposible para cualquier otro mortal, seguramente.

-¿Nadás acá mucho?-

-Si…  todos los días- con una sonrisa de esas media forzada, esas de “me quiero deshacer de esta persona, cómo hago”.

-Ah…

-…

-Bueno, voy a…

-Si, yo también. – Y los dos volvían a nadar.

Posibilidad 2

-Hola- decía él

-Ah, hola, sorry, estoy nadando.-

-Ah! Si, bueno, perdón.- Y los dos volvían a nada

Posibilidad 3

-Hola- decía el

Ella pegaba un grito que rayaba los cielos, y luego cachetada, y se iba indignada.

¡Bah!  Si las mujeres son todas iguales. Sobre todo las que son así de lindas, todas superaditas porque son las lindas. Así cualquiera. Hijos de puta. Quién me va a querer a mí, no tengo chance en un mundo así, no.

Era un tipo complicado, ya lo mencioné, un tipo que se hacía el drama por las cosas más pequeñas. Líos que evitaba, por considerar los resultados posibles. Había evitado un par de tragos amargos seguramente, tal vez alguna cosa buena, también. Pero él no lo sabía, porque lo evitaba de entrada. Por eso no se veía venir lo que sucedió a continuación.

Por eso no vio llegar a una voz que venía de esos labios que tanto había mirado, y que ahora tenía ahí en frente.

–Hola.

17:01

7 Noviembre, 2009 · Archivado en Cosas de mi autorí­a, Cuento, Literatura · 3 Comentario 

Gracias a mis musas :P

Foto por texasphotowrangler (Flickr)

Foto por texasphotowrangler (Flickr)

1. Caminaba eufórica aunque con un aura sabor a miel. Sonó la campana de las diecisiete, con cinco trinos que no se atrevieron a comparar con el sonido de sus sutiles pasos, temerosas de quedar en una trepidante e imposible carrera por la belleza etérea.

No quedaba duda, las palomas volavan con pavor, desertando las baldosas, deteniendo el tiempo por un momento. Miró, y se fundió con placer, sonriendo con presteza. Y luego el momento pasó. Pero la sensación quedó.

Las nubes no llovieron esa noche. Los grillos, sin embargo, cantaron.

———————————————————————————————————————

2. Caminaba sin pasión, más con prisa. Silbando bajo una canción de cuna, escapando de la realidad aplastante, del sol que bajaba. Respirando hondo, cruzó la calle y volvió a internarse en la jungla incoherente que era su vida. Intentando volver a su utopía, a su propio universo, silbó otra vez, y escuchó la campana de las cinco, sin prestar atención.

Súbitamente, las palomas volaron y despertó, aunque por un instante no le pareció así.

Sintió que el tiempo se detenía, y por alguna extraña razón olió miel. La dulce escencia de su infancia. Miró de dónde provenía, y dos miradas se hicieron una. Sonrió, se contagió y apostó a que aquella noche no llovería.

Porque ellos pasaron.

El Programa Final – III – Medidas Desesperadas

22 Agosto, 2009 · Archivado en Cosas de mi autorí­a, Literatura · 2 Comentario 

30 horas antes del Inicio

No le gustaba la determinación en su cara. ¿Dónde estaba la desilusión? Una misión tan arriesgada… y la había aceptado. En parte, era un obstáculo superado, pero presentaba otro distinto.

Ella era la mejor. En eso estaba de acuerdo. Pero si Antropetha realmente estaba ahí… aunque la información no era del todo confirmada, por supuesto. Ella no moriría. Y si lo hiciera… sería otra traba esquivada. Al pensar esto una lágrima partió de su único ojo y recorrió la mejilla izquierda. La dualidad de sus pensamientos entrechocaba en su cerebro. Surcó el espacio de su ojo faltante con un dedo, y, una vez más, recordó aquel día.

Él no se caracterizaba por su buen temperamento. Su bipolaridad asustaba a muchos, y en ese momento lo asustó a sí mismo. En un momento estaba lleno de tristeza, y un segundo después se llenó de furia, y se culpó por su error. Su ojo era el sacrificio que había pagado por aquello. Mientras la melancolía aumentaba, siguió recordando, como si hubiera pasado en otra vida. Un amor. Un error. Un sacrificio. Y luego… vacío. Ahora, enojo. Ella se lo merecía. Ella merecía la muerte. Se descubrió pensando eso y arrojó su dicotónomo por los aires. Y una vez más, se asustó de su persona.

Pero, como antes se había sacrificado por un simple amor, ahora debía sacrificar más por lo que estaba por llegar. No le gustaba la idea, para nada, pero se recordó que no había ninguna opción.

Las imágenes corrían por su mente. La forma de lo que venía en el futuro era perturbadora, pero un alivio, hacia el final. Recogió los pedazos de su instrumento, esparcidos por el piso, y luego tomó de la estantería una botella de aguahirviente. Eran tiempos desesperados, que requerían medidas desesperadas. Era un costo asequible. ¿Lo era? Había evadido esa pregunta las últimas semanas. Tragó. El líquido ardió por su garganta y su pecho, pero no notó la diferencia con la sensación que estaba teniendo desde hace dos horas.

-Medidas desesperadas- repitió -. En tiempos como estos, es lo único que se puede hacer. No siento culpa. No siento culpa…

“Y además tengo un arma. Además, tengo la llave para el futuro. Esto no puede acabar, no lo pueden detener”. Porque las medidas desesperadas ya habían empezado.

Y no se imaginaba ni por asomo de lo que con eso iba a desencadenar.

Capítulo anteriorCapítulo siguiente

———————————————————————————————————————————–

Nota del Autor: Los capítulos van a ser generalmente así, cortos y concisos. Espero que se me sigan ocurriendo cosas. La publicación de esta parte tardó porque perdí el borrador, y decidí escribirlo de vuelta hoy. Espero que les vaya gustando!

El Programa Final: II – Misión

6 Agosto, 2009 · Archivado en Cosas de mi autorí­a, Literatura · 1 Comentario 

32 horas antes del Inicio

Yo ya sabía, en ese momento, lo que me iba a pedir, y en mi mente ya lo había aceptado. Treinta años de entrenamiento, quince de batalla, yo era la única capacitada para hacerlo.

-Debes destruir el último. El decimosexto. Sabemos que pasará su caravana, sin protección, a cuarenta y dos grados norte de la base subterránea 12BH, por el antiguo camino a la Gruta del Agua- dijo Él. El camino hacia el santuario había desaparecido una década y media atras, y ahora era un bosque sin fauna.
Me sentí segur, en ese momento, de que mi equipo y yo los encontraríamos de inmediato, y destruiríamos su último Aparato. Aunque una duda atesto mi mente, no era tiempo de discutir.

-Lo encontraremos, señor. Mi equipo es el mejor.
-Ese es el otro tema. Irás virtualmente sola. Con un cadete.- la verdad me cayó como un balde de agua fría-. Ya sabes que detectan nuestro equipamento con el Aparato, y dicen que la misma Antrópetha estará con ellos. No podemos arriesganos a que desaparezca con el objeto.

En ese momento, mi cerebro se partió en dos. ¿Yo sola? Era -soy- la más fuerte del batallón, pero sólo yo contra una expedición suya, con Antrópetha a la cabeza, era difícilmente un triunfo. Aun así tenía mi orgullo, y no pensaba rendirme ante lo que se veía en el horizonte.

-Si señor- dije, y denoté otra cosa obvia – Pero, si la Ilusión se destruye… recuerde lo que dijo Delphius.
-Lo sé- respondió Él-. Va a ser un caos. Pero tu y yo tenemos lo que puede terminar con eso- En ese momento lo recordé, por supuesto. La conversación no había tocado ese delicado tema. Con más coraje, completé su oración.

-El programa final

Capítulo anteriorCapítulo siguiente

El Programa Final, Parte I: Ella

22 Julio, 2009 · Archivado en Cosas de mi autorí­a, Literatura · 1 Comentario 

[Esta es la versión corregida y definitiva de la parte 1, que ya publiqué anteriormente. El que lo haya visto antes, notará las diferencias. Tuve que hacerlas]

————————————————————————————————————————————–

1200 horas. Locación clasificada.

-No. Avanza un poco mas.- Se encaminaban entre las sombras que les proveían los arbustos. -Cuidado con las hojas.

-Oh, gracias.- Y las iba a apartar cuando Ella lo interrumpió
-¡No, no, no!. No lo toques.
-¿Es tán importante para nuestra supervivencia el no tocar unas hojas?
-Si.
-Supongo que los rumores acerca tuyo eran ciertos.- murmuró. Sus colegas ya habían hablado de Ella. Estricta, fuerte. Sabia. Implacable.
-No. No todos.- Se sobresaltó al notar que lo había escuchado.

Pronto llegaron a las afueras del campamento que buscaban, refugiados bajo un gran árbol.

-Apunta la escopeta al mas cercano.
-¿Yo? Pero…
-Ahora, quedate quieto.
-Está bien, pero no sería mejor que…
-Cuando yo dicte.- siguió ella
-Bueno, supongo que..
-Fuego!

————-

-Sal de ahi, pequeño. No te vamos a lastimar.- él miro sorprendido la escena, y protestó.
-Pero, señor, es uno de ellos.
-No solo es eso. Es un ser viviente. El no lo sabe. El no destruye. No es como ellos. Por ahora…
-Quiere decir usted que esto..-él- es lo que–
-Exacto.

Se quedó sin palabras. Eso… eso era…
-Debemos ir, ya deben olerlo. Lo estan buscando.
-No pueden sentirlo con el viento hacia nosotros.
-¡Já! Obviamente lo sienten. ¿Que te crees? Se nota que es un novato. Bueno, por lo menos completaste esta misión.
-Supongo que ya no soy novato después de todo… Él me dijo–
-Si, Él va a estar contento.-

-Pero si le llevamos este paquete…- su forma de interrumpirlo lo estaba irritando
-Aunque no lo comprendas, aunque Él no lo entienda, es uno de los nuestros ahora.
-No puede ser cierto. Desde que el Cataclismo…-
-No importa. La Ilusion se sostiene aunque El Aparato no esté.
-¡Pero es una bestia! ¡Es uno de ellos!
-¡No sabe hablar! No se mueve casi. Es una oportunidad.
-Si es nuestra oportunidad, debemos irnos ahora, porque si no… volaremos

-Sí. Solo faltan 35 minutos para La Explosion.
-Si realmente es… esa locura… es lo único que puede terminar con esto.
-Aprendiste rápido. Si, es lo unico.
-No quiero ser repetitivo, pero es uno de ellos. No puedo dejar de pensar de que no es una solución posible.
-Por ahora no se encontró ninguna otra solucion.

————

Base. 1400 horas.

-Ya volvimos! Su Decimosexto Aparato esta exterminado, y tenemos un recluta.
-¡Un recluta! ¡Pero que demonios!-
-No importa lo que pase, teniente. Es mi responsabilidad.
-Va a evolucionar y luego…
-Si después pasa eso, te aseguro, yo misma le disparo
-Veo que sigues interrumpiendo, como siempre.

-Yo no debo dar explicaciones. No a Él.
-Me brindarás una explicación a mí.
-No es necesario. Sigo teniendo mi rango.
-¿Quiere ser relevada?
¿Acaso ustedes quieren que me vaya? ¡Já!- los operarios miraron al Teniente. Resignado, no tuvo otra opción que disculparse.- Asi esta mejor.
-Debes rellenar el formulario…
-Antes, tengo algo que decir, y espero que escuchen bien. – Nadie en la sala de comandos supuso que iba a pronunciar esas palabras, aunque de alguna manera lo esperaban. El momento habia llegado. Sus palabras fueron sentenciantes.
-Iniciemos el Programa Final.

Capítulo siguiente

La Dirección del Rayo

12 Diciembre, 2008 · Archivado en Cosas de mi autorí­a, Literatura · Comenta 

Lo que sigue es una precuela de El Reloj, un relato ya publicado en el blog. Es un texto muy corto, como podran ver, pero lo escribi, revela mas sobre el lenguaje de los Khedars, el Arye, y algunos datos irrelevantes.

-¡No, no, no, no!
-Kat…
-¡No puede ser, debería estar justo aquí!
-Kat…
-¡¿Donde está el Ashkat?! Todo este viaje para—
-¡KATRAY! Debería estar aquí, pero no está aquí. Posiblemente es otro desafío
-¡Que Avar maldiga a esa bruja!- luego, al ver la expresión indignada de su hermana, se retractó – Lo siento. Es que el Oráculo me enoja. Nos dijo que cuando encontráramos estas runas, el rel… Ahskat vendría a nosotros.
-Es otra prueba, hermanita.
-No me llames así. Te dije que no me llames así-
-Tranquila, anshka.
-Odio hablar como los humanos
-Es necesario
-¡Nos miran diferente, y lo sabes!- susurró la niña – son bichos raros. Prefiero hablar Arye, asi no saben lo que decimos.
-Harrenk únda shakay. ¡Ah! -replicó el- Aun así, la mayoría no conoce nuestra existencia.
-Esta bien, está bien.

Las ruinas no se veían bien. Las runas indicaban el lugar, pero todo indicaba que estaban equivocadas. Estaban magullados, y debian seguir el camino, que era invisible para ese entonces. Los dos Khedars no sabían que hacer. De pronto se oscurecio el cielo, y un rayo partió una pared en dos.
Los hermanos se atrincheraron para refugiarse de la inminente tormenta, pero nada ocurrió. El sol volvió a salir, y, la gente caminaba por ahi como si nada hubiera pasado.

-¿Que es lo que acaba de ocurrir?
-No lo se pero… ¡Por Avar! ¡Mira eso!- Akratus señalo a las rocas destruidas pro el rayo. La combinacion de las runas partidas formaban otra palabra- ¡Nathre!
-Norte…
-¡Vamos, vamos! ¡Hacia el norte!

Página Siguiente »

              

Todas las Noticias de la Zona Norte

Ingresa tu email:

Delivered by FeedBurner