Memoria musical
Hay tres tipos de canciones.
En primer lugar, las que se escuchan una vez en la vida, o muy esporádicamente, que uno conoce vagamente y no conllevan ningún significado. A todos los efectos, canciones muertas, o esperando a nacer en la conciencia.
Existen las canciones que inevitablemente, como un resorte invisible, te retrotraen a cierto momento de esa ínfima existencia que llamamos vida. Porque la pasaban muy seguido en esa FM que escuchaste en el verano de 2003. Porque te empezó a gustar esa canción, y la escuchaste cien veces en dos semanas, mientras estudiabas para el parcial de semiología. Porque era la canción que le gustaba tanto a ella.
Pueden ser tanto puñales envenenados como caramelos para el espíritu. De cualquier manera, existen.
Por último, las melodías que están siempre presentes. Ninguna es igual, pero tampoco especifican tanto un punto determinado de la memoria. Será porque al fin, de tanto escucharlas, pierden su significado intrínseco, en una suerte de jamais vù. O bien están tan cargadas de recuerdos, sensaciones, que al final es imposible distinguir uno.
Porque, así como cualquier parte del propio cuerpo no recuerda a nada en particular, esta música ya es parte de uno, y escucharla no es más natural que parpadear.
Sin título (III) — [Idilio]
Se despertó con la sensación de que ya había soñado eso antes. Aunque sólo le quedaban porciones fugaces, pequeños vistazos de una imagen que no podía visualizar en su totalidad, pero que estaba seguro de que era lindísimo.
Viento.
Era bastante temprano. Por la ventana apenas asomaba el sol, invitando a la naturaleza a comenzar otra jornada. Sintió a la vez una felicidad inusitada y una gran desazón. Pero no sabía por qué, y el sueño ya casi se le había desvanecido del todo.
Ojos, unos ojos profundos.
Parpadeaba para deshacer los tonos de grises que estaba tomando el mundo, sintiendo su corazón golpeándole el pecho. No estaba seguro si era euforia o ansiedad. Trató de no hacerle caso. Respiró hondo y salió de entre las sábanas, y en ese momento conoció una nueva clase de vulnerabilidad.
Hebras morenas bailoteando en el viento.
De pronto todo era color. Y se sintió nacer otra vez, a una historia nueva. Y se desplomó sobre la cama, de repente, exhausto. Se arrebujó entre las sábanas una vez más y cerró los ojos, como esperando ver algo más cuando los abriera.
Una sonrisa, regalo sempiterno.
Y se acordó, ahí postrado, recordó cómo era. Y lo vio más claro que nunca, y el tiempo se detuvo ahí, en un instante que no iba a olvidar nunca. Entre retazos de luz viva, la imagen se volvió clara. Y volvió a vivir el sueño, que había olvidado momentos atrás.
Ella.
Peón
El siguiente es un relato rescatado de los anales de mi disco duro, con fecha del 25 de mayo de 2009.
¿Hacia donde voy? ¿Qué quiero?
Hacia adelante. Y no quiero mucho, solo sobrevivir. Aunque el sentido de esta guerra esté perdido, yo debo seguir caminando. Es la voluntad del Maestro, del Reino. Este sentido innato de querer vivir se impregna en nosotros cuando marchamos, ese puro deseo de poder esquivar los obstáculos que nos toca encontrar, aunque seamos meras intenciones, marionetas, de un poder mayor.
Supongo que no debo saber de qué se trata. El juego se estropearía de esa forma. Solo me queda esperar a que todo lo que hacemos sea por un bien mayor. Es cierto, me estremezco al imaginar que estoy del lado incorrecto, pero luego reflexiono, ¿cuál es la diferencia entre nosotros y el enemigo? Es blanco, o negro. No hay grises en esta batalla. No se puede opinar, al menos yo y mis pares no podemos, limitados por el poder de la Dama y los cuasi corruptos Caballeros. Aunque ellos son más piadosos. Pero no se trata de los líderes, se trata del inicio. Se trata del miedo.
¿Cuándo inició esta lucha eterna entre un bando y otro? ¿No se puede simplemente detener? Curiosamente, casi siempre es uno de mis pares el que inicia el ataque.
Si alguien supiera lo que pienso, estaría expulsado del terreno en un santiamén. Pero ellos no pueden evitarlo, no pueden evitar que razone, que yo tenga mi filosofía. Ni siquiera los Vigías, en sus Torres. No, ellos no piensan mucho, supongo. Se limitan a acatar órdenes, tal como yo. Entonces, ¿por qué tienen más jerarquía?, me pregunto. Tampoco mis compañeros, meros peones, hasta lo que yo sé, piensan bastante. ¿Seré el único en este mundo con remordimientos? No me importa. Estoy aquí, eso es verdad, y ellos también.
Cuando los líderes quieren abarcar con todo su poder a todo el mundo, éste se acaba. Lo sé por propia experiencia. Si alguien sabe de esto, es el Rey -que el Gran Maestro lo tenga en su gloria-, con su fútil mandato, al lado de la Dictadora. Ella. Me da escalofríos mencionarla. Pero su voluntad mueve montañas. Los Obispos, doctos por naturaleza, no encuentran argumentos para condenarla. En algunas ocasiones, parece que Ella está en todo lugar. El miedo nos recorre cuando la vemos pasar, en una marcha mortífera. Pero luego, claro, hay que defenderla a toda costa. A veces, incluso, exponiendo al Señor.
El miedo. Ella da miedo. Ella es el miedo. Pero ¿qué seríamos nosotros sin miedo? Nada. Un sentimiento que se pasa por alto, es el único que tenemos. El amor y la felicidad tienen poco espacio en nosotros. En mí. Yo solo quiero sobrevivir. Podemos. Si fuéramos juntos, todos, la derrocaríamos. Pero el miedo nos detiene. Nuestra sola capacidad de vivir con miedo es lo que la hace a ella más fuerte. No podemos volver atrás.
Tal vez habría que insubordinarse para conocer su verdadero poder. Habría que conspirar. Deberíamos.
Pero no podemos, por el Miedo. En mayúsculas. Tengo respeto ahora por ello. Significa más de lo que creemos. Teniendo miedo podemos conocer las cosas que nos dan tranquilidad, como una Torre cerca nuestro, esperando para atacar. Las cosas que no dan miedo son las cosas que, tal vez, nos alivian, nos hacen felices. El contraste nos tranquiliza.
Y debo retractarme ahora. Dije que solo teníamos miedo, ahora no estoy seguro de eso. Tengo rencor, tengo momentos de alivio, de felicidad. Sonreiría si pudiera.
Sobre escritores y personajes [soliloquio]
Borrador extraño de pensamientos, inspirado en reflexiones reales a partir de conversaciones de Literatura.
Había estado observando un punto en la pared hacía un par de minutos ya, imaginando formas y sistemas alrededor de éste, y a la vez pensando que esa insignificante manchita me había sacado bastantes segundos de mi tiempo.
– Por lo menos ya terminé de escribir. Aunque no me gusta, no. Escribir en primera persona no me gusta – me dije, los ojos fijos aún en la pizca de polvo en el mar de pintura blanca.
Sería porque al escribir en primera persona me sentía un poco más vulnerable, como si mi personalidad se imbuyera en el papel de una forma demasiado obvia.
– Porque aunque uno no se imagine a sí mismo en la acción, siempre se refleja parte de uno en una obra. – pensé.
En algún resquicio del subconsciente debe haber un pequeño ejecutivo que se encarga de eso.
Volví a la mancha. Segundos de mi tiempo, dije. Mi tiempo, extraña noción. Continué así con mi monólogo interior, dándome cuenta que mis monólogos interiores cada vez revolvían cosas más insignificantes, y a la vez eran cada vez menos monologados.
“Los hombres vivimos demasiado tiempo. Uno se preocupa por el futuro, siempre. O uno extiende el ahora a un futuro lejano. Y es mucho tiempo. ¿Setenta, ochenta, noventa años? Demasiado tiempo. Aún así, somos efímeros ante la vastedad (¿se dirá así, “vastedad”?) del universo.
“Entonces, ¿vivimos demasiado, o demasiado poco? ¿Estará bien que gaste cinco minutos de mi existencia reflexionando sobre la duración relativa de ésta misma?
“Ahora que lo pienso, me parece que el cuentito que terminé recién tenía algo que ver. Últimamente estoy existencialista. Le tengo que poner un título. ‘Superior’ o algo así puede servir.”
Me dispuse a leer unas líneas en voz alta, desviando mi atención de la mota gris de la pared.
– Sí, sí, “Supremo” o “Yo”, supongo. ‘Sobre escritores y personajes’.
Me detuve en una línea, y leí en voz alta.
« –Pero yo, yo, que lo estoy escribiendo a él ahora, mientras se preocupa por su dios (o Dios, con mayúscula), yo ¿seré su dios? Seré yo, “Yo”. Para él, por lo menos, sí. Tengo el poder de cambiar su futuro, su pasado, creo su presente.»
Pensé en mi pobre personaje, pensando en su propio personaje dentro de su cuento, creyéndose el Dios de su realidad inferior.
“Y yo soy su dios. Dios de un dios. Aunque se supone que los dioses son eterno (¿o no?), y así, no puedo considerarme un dios, con mi vida, demasiado larga o extremadamente efímera, pero al fin acotada”
Dioses efímeros de realidades inventadas.
La busqué, pero no la encontré de vuelta. La mancha en la pared ya no estaba.
Natación [Cuento corto]
Este se lo dedico a Isa Luini porque es grosa y porque… porque bueno, es Isa
La vio nadando, en realidad. Así que en un primer momento mucho no se dio cuenta de lo que estaba viendo, hasta que frenó en el borde para tomar un cacho de aire antes de empezar de vuelta.
En realidad, la había visto antes, en ese corto período de tiempo entre las 14:58 y las 15:01, que era más o menos el momento en que llegaba a la pileta los martes y jueves -ese par de días que siempre vienen juntos cuando se hace regularmente algo- ponía sus cosas en la reposera que encontraba, porque había gente en el natatorio ese a las tres de la tarde. Y ella se estaba yendo a esa hora, probablemente porque ya eran las tres y tenía algo que hacer.
Cuando digo la había visto, igualmente, estoy tomando el verbo en el sentido literal: ondas luminosas con diferente longitud de onda, formando colores, se habían reflejado en su retina formando una imagen que se había transferido al cerebro, que, a su vez, la había interpretado, como nada importante. La había visto, no la había mirado.
Ese día tuvo la peculiaridad de estar corrido unos minutos. Era un tipo rutinario, y se levantaba a las 8:30 con la puntualidad de un gallo. O cinco minutos más tarde, después de haber luchado con la siempre presente fiaca de cualquier persona que se levantara a esa hora de la mañana sin importar a qué hora se hubiera ido a dormir la noche anterior. Por eso se sorprendió ese martes que se levantó a las 8:20. Y no te digo que hacía absolutamente todo con una precisión horaria robótica, pero interpretó como una señal cósmica –medio en chiste, medio en serio–, y decidió atrasar un poco los horarios.
Como era un martes, entonces, le tocaba ir a nadar, a las tres. Dos y media, entonces. Hoy, dos y media, porque el tiempo le daba. No podía todavía saber demasiado lo que esa decisión iba a querer decir, pero bueno, suponía que algo distinto iba a haber. Tenía razón.
Y llegó dos y media no más. Y a las 2:33 estaba nadando el primer largo. Y la vio ahí, nadando. Nadaba con parsimonia, con esa parsimonia que uno sólo ve en esas películas que muestran las princesas y emperatrices entrando en las fiestas reales. También se asemejaba en esas películas en el hecho de que cuando entra una de esas damas con esa elegancia que las caracteriza, el efecto que los editores ponen es una especie de aura blanca alrededor, que deja en segundo plano a las escaleras por las que baja y a los trescientos ojos que se vuelven a mirarla. Por eso cuando la vio por primera vez en serio, medio de reojo, mientras estiraba un poco para empezar a nadar en serio, se quedó sin aire.
Era un tipo metódico y lógico, por eso al principio le molestó, porque no lo entendía. La sensación duró media milésima. Entendió por primera vez que querían decir todos esos dichos de las mariposas y las pelotudeces esas, y las canciones. Todo tenía sentido.
– “Dios existe. Tiene que existir, de otra manera, cómo, en el nombre de todo lo que existe, ¿cómo, pregunto, pueden haberse ordenado células de forma tan perfecta como lo que tengo en frente de mis ojos?”
No podía seguir mirando, así que siguió nadando, y frenando cada vez que terminaba el largo, descansando. Eso las primeras cinco piletas, hasta que se dio cuenta de que si seguía así tenía dos posibles resultados –porque acostumbraba a crear una historia y un mundo a partir de una cosa tan insignificante como esa—.
Posibilidad a, ve que la estoy mirando. En ese caso quedo como un acosador de mierda, o un fracasado que no tiene nada mejor que hacer que mirarla. Le voy a dar miedo y no va a volver más. No puedo dejar que eso pase. Y la posibilidad b, que se dé cuenta que paro cada una pileta y piense que soy un fracasado que tiene que parar a tomar aire cada veinticinco metros porque no me dá, en cuyo caso tengo menos chances que las actuales, que de todas maneras rozan y tienden a cero.
Ninguna de las dos posibilidades era aceptable, así que en ese momento hizo cuatro piletas más a toda velocidad antes de parar nuevamente, esta vez realmente un poco agitado. Pero el reloj que tenía en la pulsera hizo el pitido de cambio de hora, y se dio cuenta que ella estaba yéndose. Fue la primera vez que le vio el cuerpo, que no era un diez pero no bajaba de ocho. Pero él no puntuaba una cosa tan superficial como el cuerpo, no, así que ese dato no hace mucho a la historia.
¡Pero claro! Mierda, obvio que se va a las tres, la debo haber visto antes irse. Sí, seguramente. Raro que no la haya notado antes, pero la debo haber visto. ¿Y ahora qué hago? ¿Salgo de acá? ¿Me la choco en la salida? No, no, sería desesperado… ¡mierda! Es linda, mierda, qué linda es.
No tenía mucho sentido seguir pensando porque ya se había ido, así que nado media hora más y se fue. No se la podía sacar de la cabeza, y sabía que si no hacía algo se iba a arrepentir toda la vida. Obsesionado como estaba, reestructuró toda su semana para poder ir a nadar una hora antes todos los martes y los jueves. Los martes sabía que estaba, los jueves todavía no sabía, pero valía la pena probar.
Sí, está ahí. La puta madre, que linda que es. Vamos carajo. ¿Me acerco? Me acerco. No, no, no. Mierda. No funciona así esto. No
No se animó ese jueves. Siguió nadando, frenando a intervalos y mirando con una especie de adoración, la adoración media enfermiza que le puede dar a alguien enamorado de alguien con el que nunca cruzó palabra.
Unas semanas con más o menos las mismas preocupaciones en la cabeza, que sí, que no. Después se hizo más difícil. Encontraba la sombrillita lo más cerca que podía a la suya. Iba despreocupado por el exterior, por supuesto, ni una mirada de reojo cuando sabía que cabía la posibilidad de ser notado, no.
¿Y ahora qué hago? Siempre podría acercarme y decirle ‘Hola’. ¿Cuál sería el inconveniente?
Y se lo imaginó así:
Posibilidad 1
-Hola- decía él.
-Hola- respondía ella, con su pelo rubio mojado recogido hacia la derecha, con una delicadeza que hubiera sido imposible para cualquier otro mortal, seguramente.
-¿Nadás acá mucho?-
-Si… todos los días- con una sonrisa de esas media forzada, esas de “me quiero deshacer de esta persona, cómo hago”.
-Ah…
-…
-Bueno, voy a…
-Si, yo también. – Y los dos volvían a nadar.
Posibilidad 2
-Hola- decía él
-Ah, hola, sorry, estoy nadando.-
-Ah! Si, bueno, perdón.- Y los dos volvían a nada
Posibilidad 3
-Hola- decía el
Ella pegaba un grito que rayaba los cielos, y luego cachetada, y se iba indignada.
¡Bah! Si las mujeres son todas iguales. Sobre todo las que son así de lindas, todas superaditas porque son las lindas. Así cualquiera. Hijos de puta. Quién me va a querer a mí, no tengo chance en un mundo así, no.
Era un tipo complicado, ya lo mencioné, un tipo que se hacía el drama por las cosas más pequeñas. Líos que evitaba, por considerar los resultados posibles. Había evitado un par de tragos amargos seguramente, tal vez alguna cosa buena, también. Pero él no lo sabía, porque lo evitaba de entrada. Por eso no se veía venir lo que sucedió a continuación.
Por eso no vio llegar a una voz que venía de esos labios que tanto había mirado, y que ahora tenía ahí en frente.
–Hola.
Bocinazos
Un estudio en el Massachusetts Institute of Technology, liderado por James Veinniton, Ph.D, sugiere que los “bocinazos” alteran la carga espacio-temporal dentro del campo del automóvil que lo genera.
Esto se debe a que los nuevos automóviles tiene una gran compocisión de titanio, y la conducción de las ondas generadas por la bocina o klaxon, mezcladas con vapores de fluidos carbonatados ionizados dentro del motor, rasgan lo que se denominó tejido temporal, acelerando el ambiente exterior, variando la aceleración entre entre 10.5 % y 11.27 % del movimiento del tejido temporal regular.
El fenómeno se produce cuando el efecto doppler que el altavoz produce choca con el titanio e inestatiza la superficie de éste, “vibrando”, si se quiere, a una velocidad increíble.
Además, se cree que la aceleración del tejido temporal es directamente proporcional a la cantidad de tiempo en el que la bocina suena:
Lo interesante del asunto es que la gente ya tocaba la bocina por largos tiempos para que el tráfico se “acelere”, y aparentemente la experiencia fue positiva -y el cambio no pudo ser procesado por el cerebro- se sigue haciendo.
El MIT, mientras tanto, está en proceso de desarrollar una bocina silenciosa que aumente 50% el movimiento del tejido temporal, para implementarlo en el Gran Colisionador de Hadrones
Randcomic #2 – Retweet
Si, el #2. Si, ahora! Wiii. Sigo con el ingles porque me parece más flashero y modernoso (?). Y por las dudas.
Y si se fijan muy bien… el “Flick” se transforma en “Fuck” en el ultimo cuadro. Todo planeado. (Y el otro “sonidito de la compu, obvio)
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