El Séptimo Duque

21 Abril, 2008 · Archivado en Cosas de mi autorí­a, Literatura 

Solo. En una cueva oscura que parecía abandonada desde el período en el que la naturaleza no había brindado todavía un gran coeficiente a la raza humana. A la merced de arañas, murciélagos fantasmagóricos, esperando un milagro inesperado, algo que cambie. Cabía la posibilidad de lluvia, pero el agua no entraría a la cueva. Y él no se atrevía a salir. No con ellos al acecho.

Estaba ahí desde hace un par de días. Enfermo, casi podríamos decir moribundo, alimentándose de lo poco que había allí, bichos y hojas secas. Afortunadamente la sombra del enorme risco que se cernía peligroso a unos metros de la entrada ocultaba su presencia, pero tenía que vivir a tientas. Famélico, hurgó en un rincón algo que fuera jugoso. Un escarabajo cayó en sus manos, y trato instintivamente de escapar antes de ser devorado con avidez infrahumana por aquel hombre tan extraño.

De pronto salió el sol y unos rayos entraron en la caverna. Era extraño, porque una neblina se había propagado por todo el lugar, y no había nunca dado muestras de que iba a ceder. Además, ¿qué luz podría haber sorteado esa roca tan grande? Pero él no se percató de eso.

Los hilos dorados se colaron por las pupilas del fugitivo, cegándolo instantáneamente. Un brillo de esperanza cubrió sus ojos y un rubor corrió por su cuerpo. Rápidamente se levantó, mirando a su alrededor, a lo que había sido su último hogar. El extraño vestía unos harapos que solían ser un atuendo color esmeralda, pero que con el tiempo y el uso constante habíanse transformado en un género gris con tonalidades verdosas. Su cara no podía estar peor. Su fisonomía indicaba que vivía en la miseria, con su barba de tres meses, polvo por todos lados y una expresión de tristeza inconsolable. Sus piernas temblaban por el frío, y sus pies, negros como el carbón, no tenían sensibilidad. Pero de pronto pareció extraer algo de fuerza que tenía guardada, porque corrió imprudente hacia la puerta de la cueva. Quería mirar el exterior, sentir el viento. Se sentía a salvo.

Desde que los Insurrectos de la Muerte, como él y muchos otros la llamaban, había descubierto lo que sabía lo estaban persiguiendo. Ya había perdido la cuenta de cuantas noches tuvo que dormir solo y con frío, y cuantos días tuvo que caminar sin descanso hasta encontrar un refugio que no puedan alcanzar esos bárbaros. Pero siempre estaba en peligro. No solo él, sino todos los que conocían el Secreto. El mundo estaba en crisis, y se había derrumbado lentamente durante cincuenta años. Y ahora los perseguían a todos. Nadie sabía de lo que eran capaces, hasta que les tocaba padecer sus torturas. Los Siete Duques eran los que estaban más enterados. Nadie hubiera imaginado, a menos que lo conociera muy bien, que el hombre que ahora estaba en esa refugio tan precario y ruin había sido uno de ellos el que alguna vez había recibido esa invitación a concurrir a la revelación del Secreto, mientras descansaba a la vera de una chimenea, bajo el techo de un castillo.

Se estremeció al pensar eso, y recordó otra vez todo lo que había pasado desde que había tenido que escapar de su fortaleza en el palacio central del Quinto Duque, mientras los rayos del astro rey le acariciaban el rostro. De pronto un estallido le hizo ponerse en guardia. Alzó la vista, y alcanzó a divisar una máscara en lo alto de la pendiente, y luego vio que una roca caía. Lo habían descubierto.

—No podrás escapar, Mark!— se oyó desde arriba

El duque alzó la vista, y dejó escapar un suspiro de indignación, su cara se nubló y en sus ojos se pudo notar la desesperación

 

***

Sonaron unos golpes en la puerta. Un hombre fornido estaba sentado en su sillón, leyendo, mientras se calentaba los pies con el hogar que tenía en frente. Se extrañó al oír un llamado, ya que no se había citado con nadie y no era hombre de muchos amigos.

—Pase

—Señor, una carta para usted—un hombre encorvado entregó un sobre amarillento con el sello de la unión de los siete amigos

—Gracias—el duque respondió con una sonrisa, y agregó—No tienes que esconderte, Peter, ¿acaso crees que no te conozco?

— ¡Rayos!— la figura se irguió y se saco la capa marrón que llevaba puesta, dejando al descubierto sus verdaderas vestiduras. Luego tomó un pañuelo y se limpió la cara, sucia para dar más credulidad a su falso personaje–. ¿Que tal le va? Quise venir a darle la carta yo mismo.

—Aprecio su gesto, noble señor—respondió el aludido, fingiendo solemnidad tal como su amigo

Luego el que estaba sentado en el sillón se levanto y fue a abrazar al otro, el tal Peter.

— ¡Viejo amigo! Cuanto me alegro de que estés aquí. Pero, ¿es esta carta real, o parte de tu pobre broma?

—  No, es muy serio. Se avecinan problemas, Mark.

Abrieron el sobre y Mark, que no sabía lo que pasaba, se estremeció al leer lo que tenía delante. La buena noticia era que al fin el Gran Rey les iba a dar a conocer el secreto.

—Gracias Peter, y ahora, juguemos cartas.

 

***

—Maldito traidor!— dijo Mark, sin poder dar crédito a sus ojos

—Ja, ja, no fallé a mi palabra, si eso es lo que piensas

—¿Por qué haces esto?

—    Como todos en el mundo, por dinero

—    ¡Imbécil, caíste en una ratonera de la que no padrás salir!

—    No quiero salir, si en la ratonera hay queso

—    ¡Te destierro de mis amistades, Peter!

—    Eso ya lo sabía, ahora, adiós, Mark

—    ¡Me vengaré!

Otra piedra cayó, que el Duque esquivo sin dificultades. Pero ya no le importaba morir. El último amigo que le quedaba lo había abandonado, y estaba otra vez solo.

***

 Siete hombres estaban sentados en una mesa, en un gran salón lleno de armaduras y escudos de armas, con una silla desocupada en una especie de altar, al fondo. Entre ellos estaba Mark, conversando asiduamente con un hombre barbudo y rechoncho. Su conversación giraba desde temas como la familia hasta los graves asuntos que corrian por el país. De pronto sonaron trompetas, y todos enmudecieron. Los hombres dirigieron la mirada hacia la gran puerta por la que se accedía a esa sala, esperando, obviamente, a que entre alguien. De pronto se abrió la puerta, y las trompetas sonaron otra vez. Y el Rey entró en el salón.

—Señores, buenos días. En primer lugar, quería saludarlos a todos. Y ahora hablemos de los asuntos por los cuales vinimos aquí.

—Si, señor, cuéntanos, por favor.

—Voy a ser breve— la voz del rey se asimilaba a un acordeón, y no era muy fuerte, así que no podía hacer discursos prolongados—. Se avecina una guerra.

Hubo murmullos por toda la sala. Mark lo sospechaba, y creía que los otros también. Desde que los insurrectos de Plectos se habían levantado contra su Majestad, ya nada era igual. Las calles estaban desoladas, y los soldados rondaban por doquier

—Silencio por favor—pidió el monarca— Los Insurrectos se preparan para atacar, y en cualquier momento atacarán. Y ahora, les diré el secreto…

Sonaron unos golpes en la puerta. El rey concedió el paso, y un soldado entró, con Peter entre brazos, pataleando.

—¿Quién es este muchachito que se atreve a escuchar nuestras conversaciones? — rugió desde alguno de esos caballeros
—Es mi amigo que me acompañó hasta aquí, y no creo que sea malo que escuche, obviamente tiene curiosidad—dijo Mark
—Pero no puede conocer el Secreto—replicó otro, seguido de asentimientos
—En eso estamos de acuerdo. Peter, vete de aquí.
—Está bien, discúlpenme

—No hay problema—respondió la autoridad reinante, y cuando se hubo ido el muchacho continuó— yo tengo un arma. Algo que nadie conoce, y está guardada en este castillo. Ese es el secreto, y sólo ustedes y yo lo conocen.

Todos enmudecieron, presas de una sorpresa enorme.

—¿Qué es?—preguntó alguien al fin
—Algo terrible— respondió el Rey—. Algo capaz de destruir mucho, si el que la posee lo desea.

***

 —¡Truhán!
Luego de fijarse si no había ninguna amenaza más, Mark salió de la cueva, y se encaminó hacia el horizonte. Tenía que seguir andando. Cueste lo que cueste, tiene que seguir andando.

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